Era la década del veinte, Buenos Aires, una ciudad densamente poblada, cosmopolita, con grandes luchas políticas y sociales. El diario de Botana, Crítica , funcionaba en un enorme edificio, verdadero palacio, como lo denominaba el diario. Siete pisos blancos, atlantes en la fachada sobre un pesado basamento de granito con grandes ventanales. Grandes maquinarias, modernas, capaces de imprimir más de treinta mil diarios en una hora. Arriba, en el primer piso, un lacayo negro llamado Cipriano, muy perfumado, acompañaba al invitado a un salón de grandes dimensiones, con ventanas multicolores tapadas con pesadas telas de color, con paredes revestidas con madera de abedul y lo más increíble, con balcones como si fuera una plaza dando la impresión de que el adentro era un afuera. Lo decoraban sillones de gruesa madera tapizados con terciopelo. El de los amigos era curvo y para dos personas, el pensado para los no amigos tenía una mesa de por medio. En el centro, un gran escritorio de patas de bronce moldeadas, y sentado, presidiendo el salón, estaba el hombre, bajo, cuello corto, cabeza fuerte, rasgos duros, peinado a la gomina, con camisa blanca de seda, con un descomunal cigarro en la boca. Ese era Natalio Botana. Había nacido en 1888 en Sarandí del Yi, un pequeño pueblo del Uruguay.
Cuando llegó a Buenos Aires, sin un peso, cargó bolsas en el puerto. Vivió en casa de amigos hasta que se ubicó trabajando en distintas publicaciones. Vio con claridad que La Nación y La Prensa ya eran diarios inviables para la sociedad porteña que crecía aceleradamente y su objetivo fue: pasar del diario para unos pocos, al diario para muchos.
Se contactó con escritores, poetas, políticos de izquierda y de derecha, populares o no. Tuvo relación con el conservadurismo extremo, los visitaba en el Jockey Club. Ugarte fue la base para la creación de Crítica, y el político a quien apoyó en los años siguientes.
Al principio, salió su diario con muchas dificultades. Su lugar en el mercado era pequeño, apenas para que el diario sobreviviera. Creció poco a poco: nuevos escritores, enormes titulares, gráfica ilustrada, carencia de avisos en la portada. El lema de su diario fue:”Dios me puso sobre vuestra ciudad como un tábano sobre un noble caballo para picarlo y tenerlo despierto. Sócrates”. Incluyó lo mejor de la juventud literaria en su diario, mezclaba notas sobre el hampa con Borges, González Tuñón. Para la izquierda era demasiado fascista, para la derecha, demasiado democrático. En 1928, apoyó al nuevo Partido Socialista Independiente, por tanto, a Yrigoyen como presidente.
Luego, Botana hizo un giro completo en su política: apoyó el golpe de estado y Uriburu se transformó en su político favorito. Se desdibujó el Socialismo Independiente y comenzó el estado de sitio, los fusilamientos, la represión. Sus nuevos amigos, al notar que su diario tomaba demasiado vuelo, se confabularon y cerraron el diario. Botana y Salvadora, su mujer desde 1915, son encarcelados. La prisión de él fue leve, la de Salvadora fue más seria. Cuando fueron liberados, van al Uruguay a fundar un nuevo diario. Al año asume la presidencia el general Justo, vuelven al país y recuperan Crítica.
En 1933, cuando se pintó el mural en la quinta Los Granados, la familia Botana era nuevamente poderosa, pero comenzó la separación de ambos. Tenían asuntos amorosos anteriores, pero al parecer, era la primera vez que Botana llevaba a vivir a su propia casa a la amante de turno, más aún, con Siqueiros aún allí. La familia se fue enredando en grandes escándalos y se disgregaba a medida que el poder crecía.
Botana falleció en 1941 en un accidente automovilístico en Jujuy. Después, con el advenimiento del peronismo nada sobrevivió.